Humanidades Digitales en Chile, América Latina y el Caribe
El avance pujante y de larga data que experimentan las Humanidades Digitales (HD) en el mundo angloparlante han ubicado a países como Canadá, Inglaterra y Estados Unidos a la vanguardia en lo que a proyectos, programas educativos, asociaciones y financiamiento se refiere. Pero pese a las diferencias y, sobre todo, las dificultades insoslayables que existen y persisten en muchos países americanos de habla hispana y lusa, las HD también he han abierto un camino lento, pero confiado y auténtico.
Después de hacer un tránsito detenido por América Latina y el Caribe –que puede leerse en el siguiente artículo– y habiendo reunido muchos datos y viéndolos en perspectiva, queda en evidencia que la asociación bastante trillada de las HD en nuestra región con el concepto ‘campo emergente’ está anquilosada. Está fuera de dudas que en algún momento fue emergente y que ciertos países todavía experimentan esa fase. Pero una vista rápida a su cronología global indica que, si en la primera década de nuestro siglo se sembraron pequeñas semillas, localizadas y a fuerza de empuje personal de algunos visionarios, entre 2010 y 2016 fue el tiempo de germinación, donde se dieron a la par encuentros de HD y la fundación de la RedHD, la AAHD y la AHDig, además de LatamHD –fenómeno muy en sincronía con la asociación de Humanidades Digitales Hispánicas en España (y sociedad internacional desde 2018), también fundada en ese tiempo. Y de ahí en adelante, no ha habido más que cosechas, siembras y más cosechas.
Alguien podrá juzgar de liviana o simplista esta afirmación, y en cierto modo lo parece. Es imposible obviar las grandes dificultades que han encontrado a su paso académicos, docentes, alumnos y, en general, profesionales de las disciplinas humanísticas e informática para darles un lugar a las HD en sus respectivos círculos de trabajo. Tampoco pueden ignorarse las brechas que saltan a la vista y que distancian a las buenas iniciativas de su factibilidad real: el acceso desigual a la tecnología y al aprendizaje especializado; el aislamiento inter e intradisciplinar más o menos acostumbrado; la escasez de recursos e incentivos económicos destinados a la capacitación e infraestructura tecnológica; los retos asociados a la ciberseguridad y resguardo de datos sensibles; la precaria visión humanística integral entre muchos de quienes están a cargo de la educación y, sobre todo, de la dirección y organización de facultades e institutos universitarios; las distancias generacionales y el consiguiente desfase natural entre ‘jóvenes digitales’ y profesionales consolidados respecto a su relación con las TIC; la desactualización de los programas de estudio desde los pregrados en adelante; y la falta de apoyo en las políticas públicas en favor de las humanidades como una amenaza siempre latente.
Con ese panorama –que podría abultarse todavía más–, está claro que la ‘buena salud’ de las HD en América Latina y el Caribe no ha sido gratuita. Tampoco ha sido un trayecto unidireccional y mucho menos homogéneo, ni en sus posibilidades locales, ni en sus prácticas, ni en sus aplicaciones. Reconociendo las diferencias, la presencia de las HD en cursos de educación continua y extensión, pregrados y posgrados, laboratorios y proyectos web, redes y asociaciones, actividades informales y congresos internacionales, es un hecho que muestra con elocuencia lo que puede lograrse cuando hay ánimo colaborativo, integrador y proyectado en el tiempo más allá de los resultados inmediatos.
En Chile, las Humanidades Digitales también comienzan a tener un espacio, aunque muy incipiente, ceñido y a veces confuso. Incipiente, porque una radiografía de norte a sur por las principales universidades y sus mallas curriculares de pregrado a fines de 2024, reveló la ausencia casi transversal de asignaturas que introduzcan a los alumnos en las HD. Como excepción, en postgrados y educación continua existe el Doctorado en Humanidades Aplicadas de la Universidad Andrés Bello y el Diplomado en Humanidades Digitales de la Universidad Finis Terrae, primer –y hasta la fecha único– programa en Chile dedicado exclusivamente a ellas. Ceñido, porque las actividades académicas que se han realizado en su nombre han sido reducidas tanto en lo geográfico como en lo disciplinar. Y confuso, porque los deslindes entre las Humanidades Digitales y la digitalización propiamente tal tienden a diluirse, justamente, a causa de la idea aún imprecisa que se tiene de las primeras.
El cruce entre la tecnología, la Inteligencia Artificial y las Humanidades es un debate que se ve a grandes rasgos en tres espacios: las bibliotecas y archivos; las actividades de extensión en institutos y facultades universitarias; y las mallas curriculares de educación superior. Un recuento exhaustivo y actualizado a mediados de 2025 (que puede revisarse aquí) refleja el impulso que se va dando en Chile de norte a sur sobre todo en el ámbito de la conservación del patrimonio nacional, mediante su digitalización y acceso abierto al público de colecciones, cultura escrita, objetos, etc.
Los innumerables esfuerzos, individuales y colectivos, nacionales y globales, por sortear obstáculos y aunar fuerzas en un propósito común, han llevado a las humanidades digitales a un punto de ebullición, de efervescencia creativa y experimental, algo vertiginosa pero asertiva. A futuro, esta es una base muy promisoria. Y en lo inmediato, la fotografía instantánea es la de un campo muy florido y diverso, pero con colores propios, latinoamericanos, nuestros. Y este solo hecho ya es motivo de celebración.
El avance pujante y de larga data que experimentan las Humanidades Digitales (HD) en el mundo angloparlante han ubicado a países como Canadá, Inglaterra y Estados Unidos a la vanguardia en lo que a proyectos, programas educativos, asociaciones y financiamiento se refiere. Pero pese a las diferencias y, sobre todo, las dificultades insoslayables que existen y persisten en muchos países americanos de habla hispana y lusa, las HD también he han abierto un camino lento, pero confiado y auténtico.
Después de hacer un tránsito detenido por América Latina y el Caribe –que puede leerse en el siguiente artículo– y habiendo reunido muchos datos y viéndolos en perspectiva, queda en evidencia que la asociación bastante trillada de las HD en nuestra región con el concepto ‘campo emergente’ está anquilosada. Está fuera de dudas que en algún momento fue emergente y que ciertos países todavía experimentan esa fase. Pero una vista rápida a su cronología global indica que, si en la primera década de nuestro siglo se sembraron pequeñas semillas, localizadas y a fuerza de empuje personal de algunos visionarios, entre 2010 y 2016 fue el tiempo de germinación, donde se dieron a la par encuentros de HD y la fundación de la RedHD, la AAHD y la AHDig, además de LatamHD –fenómeno muy en sincronía con la asociación de Humanidades Digitales Hispánicas en España (y sociedad internacional desde 2018), también fundada en ese tiempo. Y de ahí en adelante, no ha habido más que cosechas, siembras y más cosechas.
Alguien podrá juzgar de liviana o simplista esta afirmación, y en cierto modo lo parece. Es imposible obviar las grandes dificultades que han encontrado a su paso académicos, docentes, alumnos y, en general, profesionales de las disciplinas humanísticas e informática para darles un lugar a las HD en sus respectivos círculos de trabajo. Tampoco pueden ignorarse las brechas que saltan a la vista y que distancian a las buenas iniciativas de su factibilidad real: el acceso desigual a la tecnología y al aprendizaje especializado; el aislamiento inter e intradisciplinar más o menos acostumbrado; la escasez de recursos e incentivos económicos destinados a la capacitación e infraestructura tecnológica; los retos asociados a la ciberseguridad y resguardo de datos sensibles; la precaria visión humanística integral entre muchos de quienes están a cargo de la educación y, sobre todo, de la dirección y organización de facultades e institutos universitarios; las distancias generacionales y el consiguiente desfase natural entre ‘jóvenes digitales’ y profesionales consolidados respecto a su relación con las TIC; la desactualización de los programas de estudio desde los pregrados en adelante; y la falta de apoyo en las políticas públicas en favor de las humanidades como una amenaza siempre latente.
Con ese panorama –que podría abultarse todavía más–, está claro que la ‘buena salud’ de las HD en América Latina y el Caribe no ha sido gratuita. Tampoco ha sido un trayecto unidireccional y mucho menos homogéneo, ni en sus posibilidades locales, ni en sus prácticas, ni en sus aplicaciones. Reconociendo las diferencias, la presencia de las HD en cursos de educación continua y extensión, pregrados y posgrados, laboratorios y proyectos web, redes y asociaciones, actividades informales y congresos internacionales, es un hecho que muestra con elocuencia lo que puede lograrse cuando hay ánimo colaborativo, integrador y proyectado en el tiempo más allá de los resultados inmediatos.
En Chile, las Humanidades Digitales también comienzan a tener un espacio, aunque muy incipiente, ceñido y a veces confuso. Incipiente, porque una radiografía de norte a sur por las principales universidades y sus mallas curriculares de pregrado, revela la ausencia casi transversal de asignaturas que introduzcan a los alumnos en las HD. Como excepción, en postgrados y educación continua existe el Doctorado en Humanidades Aplicadas de la Universidad Andrés Bello y el Diplomado en Humanidades Digitales de la Universidad Finis Terrae, primer –y hasta la fecha único– programa en Chile dedicado exclusivamente a ellas. Ceñido, porque las actividades académicas que se han realizado en su nombre han sido reducidas tanto en lo geográfico como en lo disciplinar. Y confuso, porque los deslindes entre las Humanidades Digitales y la digitalización propiamente tal tienden a diluirse, justamente, a causa de la idea aún imprecisa que se tiene de las primeras.
El cruce entre la tecnología, la Inteligencia Artificial y las Humanidades es un debate que se ve a grandes rasgos en tres espacios: las bibliotecas y archivos; las actividades de extensión en institutos y facultades universitarias; y la educación superior. Un recuento exhaustivo y actualizado a comienzos de 2025 que puede revisarse aquí, refleja los esfuerzos que se van haciendo en Chile de norte a sur sobre todo en el ámbito de la conservación del patrimonio nacional, mediante su digitalización y acceso abierto al público de colecciones, cultura escrita, objetos, etc.
Los innumerables esfuerzos, individuales y colectivos, nacionales y globales, por sortear obstáculos y aunar fuerzas en un propósito común, han llevado a las humanidades digitales a un punto de ebullición, de efervescencia creativa y experimental, algo vertiginosa pero asertiva. A futuro, esta es una base muy promisoria. Y en lo inmediato, la fotografía instantánea es la de un campo muy florido y diverso, pero con colores propios, latinoamericanos, nuestros. Y este solo hecho ya es motivo de celebración.
